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Yo no soy puta, aunque debería serlo con condición suficiente...ninguna pureza o purificación pasa sorteando una cama, y si no es suficientemente sospechosa. El rostro de la muerte siempre es vírgen y tiene los ojos en blanco; los prejuicios son como las garrapatas, nos van dando esa muerte llena de hipocresía y falsa purificación, y en esta vida hay que tener la expresión tan larga y enjundiosa como la vida, que nos engañan cuando dicen que es un libro en blanco que se mueren por escribir otras manos que viven de chupar la sangre y escanciar garrapatas con las que asegurar su propia vida.
Ah, aún recuerdo el primer año de mi ruina más dulce, ruina primera. Aquel año me ofrecieron a los mejores jóvenes de pectorales más trémulos e incipientes, y los trajeron a la puerta- solo se pagaba así a los moros de Granada en la Edad Media -, para tratar de satisfacerme y al mismo tiempo callarme la boca...no era suficiente para ello con una sola polla. Se quitaban las camisas, y aflojaban cinturones dispuestos a satisfacer todos los apetitos y necesidades más inospechadas.¡Qué buenos recuerdos!...La gente envidiosa e impotente insultaba y lanzaba sus anatemas como las viejas castigadoras de Cynthia y Catulo...¡Que no quede ni un joven sin su polla, ni un joven desvirgado!¡Cuánta hambre por calmar!.Dad de beber al sediento- mucha lefa-, dad de comer al hambriento- mucha polla, carne y chistorra-. Honrad las fiestas y que no tengan final. Insultaba su tierra y su chiringuito con complacencia y me hacía de cuerpo en ella, '¡le voy a meter la polla hasta el higado, hijo de puta!'-decía con espuma en la boca y paraban el vehículo de madrugada intentando hacerme salvajadas. Reía desde la ventana viendo su polla impotente y diminuta, se la mamoseaba en la puerta queriendo agredir con sus palabras. Yo no soy hipocrita, no trato de maquillar mi fealdad con una falsa purificación, una adventicia virginidad mental. Trataron de violarme salvajemente en la puerta...Sonreía con la mirada febril y fija, la bragueta tan dura detras de la puerta. Juventud, divino tesoro, te abres sin ser tocado. Siento extrañas nostalgias de aquel año en que los hombres me despreciaban y querian pagarme con una polla en el hígado. No dejaban de mear sin cesar, las primeras noches era un no parar de braguetas nuevas como flores que se abren a la noche dudosa. Hacian fila en la puerta, o bien se agrupaban, deseosos y complacientes de que mis manos hundieran sus dedos en las salvajadas de sus pechos de jovenes entregados, pero no vendidos: eran un regalo incalculable.
Mi boca fea y ruin no se cansaba de saborear a cada regalo, apenas abierto. Qué jovenes tan bellos y qué pechos, nalgas y pollas tan indecisamente trémulas.
Solo quiero a aquellos que me miran salvajemente, y no entienden de moral.
¿Cómo puedo hablar de este lugar sin haber saboreado las pollas de sus machitos?.
Hay virtud en la fealdad y fealdad en la virtud. La primera es la belleza de aquellos que sin contar de la gracia cuentan de la belleza de estar desnudos de prejuicio; la segunda no merece mi atención.
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